LAS EMOCIONES

Las emociones nos informan de lo que ocurre en nuestro interior. Todas las personas sienten emociones; la diferencia está en la intensidad con la que las viven y la manera como las expresan.

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Las emociones tienen una función adaptativa, muy importante en el ser humano, dado que aportan unas señales que contienen información que permite movilizar al individuo y facilitar su adaptación al entorno. No obstante, frecuentemente se pueden manifestar de forma intensa, pasando a ser fuente de malestar y de desajuste, por lo que las personas frecuentemente tienden a desentenderse de ellas.

Una clasificación habitual de las emociones es aquella que las divide en emociones positivas y emociones negativas, según si generan un estado agradable o desagradable en la persona.

  • Las emociones placenteras o positivas señalan aspectos que aportan bienestar al individuo. La alegría, la esperanza, el amor, la admiración, suelen actuar como refuerzo y recompensa a las vivencias, y motivan a la persona, de modo que ésta tiende a buscar este tipo de estímulos. Contribuyen a que la persona se desarrolle, crezca y se relacione con los demás.
  • Las emociones que generan malestar o emociones negativas señalan acontecimientos que aportan desasosiego, intranquilidad, molestia, pesadumbre o incluso sufrimiento. Son señales que surgen cuando algo no funciona adecuadamente en nuestro interior, y cumplen una importante función de ayuda en la supervivencia, ya que llaman rápidamente la atención porque resultan ser molestas, incómodas o incluso desequilibran y generan sufrimiento en la persona. La tristeza, la melancolía, el miedo, la ira, suelen provocar rechazo y hacen que la persona tienda a huir para evitarlas.

Unas y otras emociones no son ni buenas ni malas en sí mismas. Todas ellas son necesarias en la vida y cada una ejerce su función específica para ayudar a la adaptación al entorno. Lo importante es poder reconocer y disfrutar de las emociones agradables, así como poder atender, reconocer y manejar apropiadamente las que generan malestar.

Cuando, por ejemplo, una persona es diagnosticada de cáncer, tanto el propio paciente como cada uno de los miembros de la familia se enfrentan a una realidad con importantes repercusiones emocionales, y pueden reaccionar de forma diferente. El diagnóstico, la aceptación de éste, el tratamiento y los efectos secundarios son causas más que suficientes para provocar emociones como miedo, desasosiego, tristeza, rabia o culpa, entre otras.

Todas estas emociones son reacciones comunes y normales ante una situación difícil, por lo que es aconsejable que puedan expresarse estos sentimientos con las personas con las que puedan sentirse cómodos. El soporte psicológico ofrecido por un psicooncólogo profesional ayuda a asumir y afrontar la realidad con un estado de ánimo lo más favorablemente posible. Un estado emocional estable ayuda a mejorar la calidad de vida y a colaborar de manera activa con el tratamiento.