Fumador se hace, no se nace

Las personas fumadoras muchas veces no son capaces de explicar cómo llegaron a adquirir ese hábito. Pero diversos estudios han investigado el proceso por el cual la persona va adquiriendo ese hábito. Lo bueno es que, así como se aprende a fumar, también puede aprenderse a dejar de fumar.

La conducta de fumar se adquiere durante un proceso de aprendizaje que comienza prácticamente desde el nacimiento y termina cuando la persona se ve obligada a consumir tabaco para evitar el síndrome de abstinencia. Este proceso consta de cuatro fases, en las que intervienen factores o condicionantes que favorecen el consumo del tabaco como la publicidad, la accesibilidad al producto y la capacidad adictiva de la nicotina. 

Fase 1: preparación 

Desde el nacimiento hasta los 6-7 años, muchos niños entran en relación con el tabaco a través de su entorno más cercano y la observación de los modelos adultos fumadores, sobre todo, padres y educadores. Podría decirse que en esta fase se crea un clima favorable al consumo del tabaco, porque los niños van adquiriendo la información necesaria para poder llevar a cabo en un futuro este comportamiento, y adquiere las actitudes y creencias positivas que los adultos tienen respecto al tabaco. 

Fase 2: iniciación 

Desde los 7 a los 13 años, los adolescentes sienten curiosidad por experimentar los efectos físicos provocados por el cigarrillo, además de buscar cierta reafirmación de su personalidad y la aceptación de su grupo de iguales a través de una conducta "adulta". Casi la mitad de los jóvenes que llegan a esta fase, se hacen fumadores regulares muy rápidamente. 

Fase 3: habituación 

Entre los 14 y los 18 años se adquieren los patrones o ritmos de consumo de tabaco. En esta fase se desarrolla la tolerancia (es decir, el joven va a consumir cada vez mayor cantidad de cigarrillos) y se establece una dependencia física de la nicotina 

Fase 4: mantenimiento 

En esta fase, la persona fumadora necesita mantener estables unos niveles de nicotina en sangre mediante el consumo más o menos frecuente de tabaco. Si la persona se ve obligada a no fumar en períodos lo suficientemente largos, se desencadena el síndrome de abstinencia.