Educar en la flexibilidad

Unos de los grandes retos en la educación de nuestros hijos es que no sabemos cómo será su vida cuando sean mayores. Los cambios tecnológicos y sociales plantean un futuro incierto. Nada va a ser como antes ni posiblemente cómo es ahora. Con esta premisa no nos queda más remedio que educar en la flexibilidad.

Miniatura

La flexibilidad nos permite adaptarnos a los cambios con la agilidad suficiente para sobrevivir pero sin abandonar nuestros propios valores. Ser flexible no es “dejarse llevar” y no implica ni probarlo todo ni renunciar a nuestras convicciones. El pensamiento flexible no se deja llevar por los dogmas, no se impone ni se obsesiona con la verdad propia, sino que es capaz de dialogar y de ser crítico a la vez. Ser flexible implica tener criterio propio y capacidad de reflexión.

Quizás aquí tengamos algunas pistas para educar a  nuestros hijos:

  • Educar en valores
  • Enseñar a pensar
  • Motivar la reflexión
  • Capacidad de escucha y observación
  • Empatía para entender al otro
  • Autoestima y firmeza para escoger según valores o criterios personales

Los extremos opuestos a la flexibilidad serían la rigidez en lo transitorio (que no debemos confundir con la firmeza en lo fundamental) y la fragilidad, que hace que la persona o el niño se deje llevar por cualquier influencia, sin pensar.

Cómo educar en la flexibilidad

Un requisito previo para desarrollar la virtud de la flexibilidad es saber cuáles son los criterios permanentes que rigen nuestra vida y cuáles los aspectos opinables, provisionales.

Bebés

Educar en la flexibilidad a los bebés puede parecer contradictorio con la educación en  rutinas, pero no tiene que ser así necesariamente. Es bien cierto que los horarios dan muchísima seguridad al niño, ya que puede anticiparse a lo que vendrá y sentirá que sus necesidades van a ser cubiertas. Muchas veces la “rigidez” verbalizada de los padres limita el desarrollo de la flexibilidad en sus hijos: “mi hijo sólo puede dormir en la cuna”, “no nos podemos quedar más tiempo, es la hora del baño”, “sólo come en su bol rojo”… El bebé se ha de adaptar al medio y, romper las rutinas de vez en cuando, es bueno para su desarrollo. Nada en esta vida es estático, inamovible y podemos estar bien de muchas maneras. Eso sí, el papel de los padres aquí es importantísimo: si ellos creen en lo que hacen, el bebé estará seguro y tranquilo.

Niños pequeños

En los niños pequeños la flexibilidad se puede educar en dos circunstancias: conocer personas nuevas y vivir nuevas situaciones. Los niños pequeños tienen que aprender poco a poco a relacionarse con soltura con otras personas y por eso es conveniente que tengan amigos, que los visiten en sus respectivas casas y que aprendan que en cada familia existen comportamientos y reglas de juego diferentes.

En caso de que les cueste esta salida al «mundo» se trata de apoyarles con cariño y mostrarles que se confía en su capacidad de aprovechar la situación. Por otra parte, compartir tiempo con otras familias, parientes o no, permiten a los hijos aprender la diferencia entre la adaptación al modo de vivir de los demás y el mantenerse firmes en lo fundamental.

Vivir nuevas experiencias en la infancia parece algo difícil pero es tan fácil como plantear nuevos retos o adquirir nuevas responsabilidades o tareas.

Escolares y adolescentes

En los niños escolares y adolescentes, la educación en la flexibilidad va más allá de las rutinas vinculadas con su bienestar: hemos de educar la flexibilidad en el pensamiento fundamentada en una educación en valores.

Como hemos dicho antes, si la familia no ha mostrado una escala de valores permanente que ubique al niño y que sea el prisma a través del cual el pequeño valore el mundo, la flexibilidad no se puede educar. Ser flexible parte de la base de tener criterio propio. La flexibilidad ve y entiende los matices, es empática pero no pierde la  capacidad de ser crítico y mantenerse en su postura sin dejarse llevar.

Ayudar a los hijos para que aprendan de sus propias experiencias y las de los otros. En las situaciones nuevas todavía no se tiene experiencia para saber cómo adaptarse y por eso debemos esforzarnos en aprender de los demás. Es decir, la persona flexible lo será por haber aprendido de su propia experiencia y de la experiencia de los demás. Por eso se trata de observar y de escuchar.

Especialmente en la adolescencia habría que enseñar a matizar las opiniones propias y ver que quizá no siempre se tiene razón. A la vez, el papel de los padres durante esta etapa radica en orientar al joven sobre lo que es opinable y lo que no.

Ser flexible no significa dejarse llevar, sino todo lo contrario. Quiere decir aprender a decir que sí y a decir que no en el momento oportuno.

Walter Riso, en su libro, “El poder del pensamiento flexible”, escribe: Cuentan que un hombre estaba poniendo flores en  la tumba de su esposa, cuando vio a un anciano chino colocando un plato de arroz en otra tumba. El hombre se dirigió al chino y le preguntó: “Disculpe señor, de verdad cree usted que el difundo vendrá a comer arroz?” “Claro”, respondió el chino, “cuando el suyo venga a oler las flores”.

 

Dra. Esther Martínez - Especialista en Pediatría - Médico colaborador de Advance Medical