Datos sobre la fiebre

Cuando se produce un proceso infeccioso, ya sea de origen vírico o bacteriano, el sistema inmunitario se pone en marcha y uno de los mecanismos que se activan es la elevación de la temperatura corporal, la conocida e innecesariamente temida fiebre.

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Al producirse una infección se liberan una serie de sustancias en la sangre que activan el hipotálamo, el centro del control de la temperatura corporal, que se encuentra en el cerebro, y este hace que la temperatura aumente. Se ha demostrado que la elevación de la temperatura aumenta la movilidad y la acción de los glóbulos blancos, los leucocitos, y también la proliferación de un tipo de ellos, los linfocitos T.

¿Cuándo es fiebre?

La temperatura del cuerpo oscila a lo largo del día a causa de los ritmos circadianos, que vienen regidos por la secreción de cortisol por parte de las glándulas suprarrenales, de manera que por la mañana la temperatura es más baja y esta asciende al anochecer; de ahí que cuando se tiene fiebre esta suela subir más por la noche. Asimismo, otros factores como la temperatura externa o la ovulación pueden hacer variar en décimas la temperatura corporal.

La temperatura basal oscila entre los 36ºC y 37ºC, tanto en adultos como en niños. Puede haber un variabilidad personal y que haya personas que tengan temperaturas basales algo más bajas, de 35.5ºC. Sin embargo, eso no implica que la fiebre para estas personas se produzca a partir de 37ºC. Se habla de fiebre a partir de 38ºC y no antes para todo el mundo, independientemente de cuál sea su temperatura basal y su edad. Entre 37ºC y 37.9ºC hablamos de febrícula y una fiebre no se puede clasificar como alta hasta que no alcanza los 40ºC, cosa que no suele ser habitual.

La febrícula, entre 37ºC y 37.9ºC, es indicativo de que algo va mal y que el sistema inmunológico está reaccionando, pero ni es fiebre ni tiene por qué ir a más. Cuadros infecciosos banales de origen víricos, como un catarro o una gastroenteritis, pueden causar estas décimas de fiebre.

No temer a la fiebre

Se le tiene mucho miedo a la fiebre cuando en realidad es un indicativo de que el sistema inmunológico ha detectado una amenaza y se ha puesto en marcha. La fiebre se acompaña de unos síntomas que causan malestar, como escalofríos y la postración cuando sube la temperatura y la sudoración y el calor profuso cuando empieza a bajar. Estos son los síntomas que se han de tratar, pero de por sí la fiebre no es mala; al contrario, es una señal de alarma que nos permite saber que hay un problema de salud.

¿Dónde tomarla?

Es importante también valorar dónde se toma la fiebre. Lo habitual en adultos es en la axila o la boca, mientras que en niños suele ser a nivel rectal, en frente u oídos según el termómetro que se emplee. Se tiene que tener en cuenta que la temperatura medida en boca o recto será de promedio medio grado superior a la axilar, dado que en las mucosas hay una mayor irrigación de sangre, que es la encargada de transportar el calor corporal y, por lo tanto, en caso de fiebre se detectará más elevada en ellas.

Para determinar la existencia de fiebre no basta con tocar la frente y decir que “está caliente”; se tiene que medir adecuadamente con un termómetro. Si no hay una medición se puede hablar de sensación distérmica, pero no de febrícula o fiebre. Para adultos y niños de una determinada edad los mejores termómetros son los digitales, mientras que en niños muy pequeños se pueden utilizar los de infrarrojos en el oído a partir de los 6 meses o en la frente a cualquier edad. Sin embargo, los termómetros óticos pueden no ser muy fiables si el niño presenta tapones de cera o en función de la forma del conducto auditivo externo. Los termómetros de mercurio están prohibidos por su riesgo de toxicidad desde el año 2007.

Objetivo de la medicación

Cuando se da medicación apirética, como el paracetamol o el ibuprofeno, de lo que se trata es de mejorar los síntomas asociados a la fiebre, no de hacerla desaparecer. Mientras haya infección habrá fiebre, es como una señal de alarma de que algo no va bien, y con la medicación apirética mejoramos los síntomas y bajamos el volumen de esta alarma (la fiebre) pero no la apagamos. Es decir, con los apiréticos no conseguiremos que la temperatura vuelva a ser normal mientras haya infección, pero lograremos que algo baje. Es más preocupante una fiebre poco elevada que no cede con medicación correcta y cuyos síntomas no mejoran que una fiebre que roce los 40ºC pero que baje al dar la medicación.

Otras medidas ante la fiebre

Además de los apiréticos es importante asegurar una correcta hidratación, tanto en adultos como en niños, y evitar estar muy abrigados ni muy desnudos. Las medidas físicas como los paños de agua fresca en la frente o los baños o duchas con agua a un par de grados de la temperatura corporal pueden ser reconfortantes, pero cabe insistir en que la fiebre no es el enemigo a combatir, sino los síntomas que la acompañan. En ocasiones nos obcecamos con bajar la fiebre a toda costa cuando en realidad de lo que se trata es de mejorar el confort del paciente: si con la medicación el estado general mejora, que la fiebre no baje tanto como quisiéramos no es tan importante.

Con todo, si la fiebre no mejora con medicación y persiste elevada tras 2-3 días o alcanza los 40ºC es importante que el paciente sea valorado por un médico. En el caso de los niños, se ha de visitar siempre si tienen menos de seis meses o si se acompaña de signos de alarma, como dificultad respiratoria, convulsiones, rigidez de nuca, petequias (manchas rojas que no desaparecen al presionarlas) o signos de deshidratación (lengua seca, escasa salivación y orina, ojos hundidos, piel seca). Las convulsiones febriles solamente se dan en niños con propensión a ellas, un 4%, y el tratamiento con apiréticos de la febrícula “para que no vaya a más” no va a evitarlas. Asimismo, la dosis de paracetamol e ibuprofeno para niños se ha de ajustar al peso, no a la edad. La toma de antibióticos nunca va a bajar la fiebre ni a aliviar los síntomas, por lo que no deben darse a menos que los prescriba un médico, pues en muchos casos puede que no estén indicados, como en todas las infecciones por virus.

La fiebre es pues una señal que nos da el cuerpo de que algo no va bien. Se tienen que tratar los síntomas desagradables que la acompañan, pero no tenerle miedo ni verla como un caballo de batalla, sino como un indicador de que nuestro sistema inmunitario está funcionando para restablecer nuestra salud.


Dr. David Cañadas Bustos - Especialista en Medicina General - Médico consultor de Advance Medical