Mocos y niños

Los mocos, aunque es un tema que preocupa a los padres, son parte normal de la evolución de nuestro sistema inmunológico.

mocos

Los mocos están presentes durante toda la infancia y parece ser que es algo que nos ha acompañado siempre, derivando en la desafortunada expresión “mocosos”, para denominar despectivamente a los más peques de la casa. Saber de dónde salen y a qué se deben es importante para evitar visitas innecesarias al pediatra. 

El origen de los mocos

La mucosidad es la respuesta defensiva tras el contacto con los casi 200 virus que provocan las infecciones respiratorias de vías altas o catarros. El moco tiene una función muy parecida al cerumen del conducto auditivo externo: defendernos atrapando los gérmenes y partículas que respiramos. Cuando un virus es capaz de infectarnos, la mucosa se inflama e irrita y la producción de moco aumenta de manera exponencial. La mucosidad puede estar en la nariz, garganta o bronquios, originando diferentes tipos de sintomatología: rinitis, faringitis o bronquitis. En ellos, la mucosidad, es el denominador común. En el caso de la bronquitis, estaremos hablando de una infección respiratoria de vías bajas. 

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Cuestión de color

El color del moco puede ser causa de preocupación por parte de los padres, pensando que su color está directamente relacionado con la gravedad del proceso. Como hemos dicho antes, la mucosidad es un sistema defensivo del organismo y, en su composición, contienen leucocitos, que segregan una enzima que se llama peroxidasa y cuya función es eliminar a los virus y las bacterias.  Esta enzima, además, oxida el hierro, lo que provoca el cambio de color del moco del trasparente al amarillo y de éste al verde. Es algo parecido a lo que sucede con los hematomas cuando nos damos un golpe. Por ello el cambio de color del moco es algo habitual en un catarro y no nos debe preocupar en exceso. 

¿Y por qué siempre tienen mocos? ¿Están siempre enfermos?

La razón es sencilla. Al iniciar la escolarización, un niño sano puede tener una media de siete u ocho episodios de infecciones víricas respiratorias de septiembre a junio. Estos episodios se acompañan de tos, mucosidad, estornudos y, en ocasiones, dolor de garganta. La fiebre puede aparecer y durar un par de días. Suelen durar entre siete y 10 días. Por lo tanto, si hacemos una cuenta rápida, es fácil que parezca que estén muchos días enfermos durante los primeros años de colegio. Los tres primeros años de vida el sistema inmune es inmaduro y se defiende mal ante las infecciones; si a esto le sumamos que el contacto entre iguales es más intenso, comparten juguetes y lo chupan todo, la probabilidad de compartir virus es muy alta. Sí, los virus se transmiten de persona a persona por la saliva, no por salir poco abrigado y, ese es el motivo de la importancia de no llevar al niño al colegio o guardería si está enfermo y el de lavarse las manos frecuentemente. A medida que el niño crece, se inmunizan a muchos de estos virus y los episodios son más esporádicos.  

¿Los mocos “bajan al pecho”?

Es otro de los grandes mitos, como si los mocos nasales se colaran a los bronquios por un tobogán. Lo que sí es cierto es que algunos niños con catarro éste puede complicarse con una inflamación de los bronquios (bronquitis) que produce moco a nivel bronquial. 

¿Hay algún tratamiento para los mocos?

La respuesta es corta y contundente: no. Ni los catarros tienen tratamiento específico ni los mocos que los acompañan. Las infecciones víricas no se benefician ni se curan con antibióticos, por lo que siempre damos lo que los pediatras llamamos tratamiento sintomático o medidas higiénicas: analgésicos y lavados nasales con suero fisiológico o agua de mar. 

Por lo tanto, ni los jarbes antitusígenos ni los mucolíticos, ni los descongestionantes, ni los antihistamínicos, ni los cócteles anticatarrales… aportan ningún beneficio ni mejoran la mucosidad. Además, los efectos adversos pueden graves o muy graves, por lo que, en ningún caso, se justifican este tipo de tratamientos para un catarro. Los efectos adversos de estos medicamentos están ampliamente documentados en la bibliografía científica, sobre todo, en niños menores de seis años: arritmias, broncoespasmo, vértigos, mareos, náuseas, disminución del nivel de conciencia y encefalopatía. 

Entonces, ¿cuándo debo acudir al pediatra?

  • Si el niño tiene fiebre y esta dura más de 3-5 días sin un origen claro. 
  • Si la fiebre, con el paso de los días, cada vez sube con mayor frecuencia o sobrepasa los 39º C. 
  • Si los síntomas catarrales se acompañan de dolor de oídos (otalgia) y/o secreción (otorrea). 
  • Si el niño tiene dificultad para respirar: hace mucho esfuerzo para entrar el aire o bien si la respiración es muy acelerada.  
  • Si los mocos en la nariz persisten más de una semana y estos son cada vez más espesos y malolientes.  
  • Si el niño tiene mal color, está decaído y mal estado general.

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¿Se pueden prevenir los mocos y los catarros?

La única medida preventiva eficaz demostrada es el lavado de manos frecuente de niños, familia y cuidadores. No hay evidencia clínica demostrada que suplementar a los niños con vitaminas ni con compuestos que supuestamente “suben las defensas”. Una correcta alimentación es la mejor manera de mantener saludables a los más pequeños.  

Los casos de niños asegurados con una póliza de salud de DKV Seguros permiten a sus padres contactar con un médico o pediatra por teléfono en el 976 991 199 o a través del móvil, instalándose la app Quiero cuidarme más 

 

Dra. Esther Martínez García 

Especialista en pediatría 

Médico consultor de Advance Medical 

 

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