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Lucía mi pediatra: La adolescencia

No hay etapa de la crianza a la que llegues con más comentarios negativos que la adolescencia. Sigue los consejos de Lucía mi pediatra para que esta etapa sea positiva.

Como gestionar la adolescencia

No hay etapa de la crianza a la que llegues con más comentarios negativos que la adolescencia. No sé si es que el mundo está lleno de “agoreros”, si se trata de generar ansiedad anticipatoria o si simplemente la gente se aburre y se dedica a opinar sin ser muy consciente de la huella que, sus comentarios, van dejando en nuestro camino cada vez que escuchamos:

  • Uy eso no es nada, ya verás cuando llegue la adolescencia.
  • La terrible adolescencia
  • Qué miedo a la adolescencia, no lo quiero ni pensar.
  • ¿Hijos adolescentes? Uf qué horror y ¿cómo lo llevas?

Entre los accesorios para la lactancia están los collares mordedores, que no sólo son bonitos en su diseño, sino que pueden ayudar a nuestro bebé en su desarrollo psicomotor y aliviar algunas molestias.

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¿Cómo lo llevas? Como si la adolescencia fuese una enfermedad, un extraño trastorno o una visita inesperada con previsión de quedarse a dormir.

¿Y cuál es el error que cometemos la mayoría de los padres cuando nuestros hijos cruzan esa línea?

Que seguimos tratándoles como niños. Y lo cierto es que ya no lo son. No. Tampoco son adultos, no nos confundamos, digamos que están a punto de serlo. El adolescente se encuentra en la pista de despegue, arrancando motores y cogiendo velocidad para que, en una de estas, alce el vuelo y empiece su vida adulta.

Y nosotros como padres ¿dónde estamos? Pues, aunque nos gustaría estar dentro de ese avión como siempre hemos hecho hasta ahora durante toda su infancia, lo cierto es que ya no estamos ahí.

Estamos en la torre de control, vigilantes, atentos, un poco nerviosos por sus primeros movimientos, pero siempre, siempre, siempre velando por ellos allá donde vayan, por muy lejos que vuelen, por muy lejos que estén… y así han de sentirnos, cerca y lejos al mismo tiempo.

“Como padres, nuestra necesidad es ser necesitados. Como adolescentes, su necesidad es no necesitarnos” decía el psicólogo Haim G. Ginot.

Es mucho lo que os hablo de la adolescencia en mi último libro “El gran libro de Lucía mi pediatra” porque una vez más, cuando yo misma llegué a este momento con mis hijos tras haber atendido y atender a infinidad de adolescentes en consulta, me di cuenta de la cantidad de prejuicios que hay en esta etapa tan fascinante y tan importante del desarrollo de nuestros hijos.

Y no, yo no tiro la toalla. Y no, no está todo el pescado vendido. Y no, no es que ya no se pueda hacer nada. Es más, se puede y se debe hacer mucho.

Esos momentos de complicidad con tu hijo adolescente no tienen precio y van directo a su mochila de recuerdos, esa mochila cargada de momentos irrepetibles de su infancia.

Guía gratuita sobre la importancia de las emociones en el aprendizaje

Mis 10 mandamientos de la adolescencia

  1. Estate atento. No desperdicies ese: “Mamá ¿puedes venir a mi habitación un momento? Quiere hablar y eso vale oro. No desaproveches ese “¿Y si salimos tú y yo a dar una vuelta?” aunque te venga fatal, aunque no tengas tiempo, aunque no te apetezca. Sabes que una oportunidad así quizá no se presente en bastante tiempo.
  2. Escucha todo lo que tu hijo tiene que decir. Nos pasamos esta etapa diciéndoles, o más bien ordenándoles: “¿Pero quieres escuchar lo que te digo?” Y se nos olvida que ellos tienen una necesidad mucho mayor a la nuestra de ser escuchados.
  3. Si quieres que te cuente cosas, empieza tú por compartir tu día, por ejemplo.
  4. No lo juzgues ni a él ni a sus amigos. Escucha desde la curiosidad y la observación, mide tus palabras porque un ataque frontal hacia la ropa que lleva o la forma de ser de su mejor amigo, supondrá el fin de la comunicación por hoy.
  5. Anímale a que él o ella encuentre la propia solución a sus problemas, a sus conflictos. Muéstrale que es capaz de resolverlos. Si no lo logra, aprenderá que la vida en ocasiones no es fácil, que requiere de un esfuerzo y sacrificio importante. Y si lo logra será un chute de autoestima directo en vena que le reafirmará en el “¡He sido capaz!”
  6. Permítele que maneje todas sus emociones sin reprimirle y sin burlarte. El adolescente también sufre y también llora, y esto está bien y cuando lo hacen en tu hombro es sencillamente maravilloso. Acompáñale en el proceso desde la caricia y el abrazo, a veces no necesitan mucho más.
  7. Pide disculpas cuando te equivoques: “Lo siento cariño, no tenía que haberte gritado. Discúlpame.” No hay mejor ejemplo.
  8. Pon límites: “Entiendo que estés enfadado. Lo entiendo y lo comprendo, pero eso no justifica en ningún caso que pegues a tu hermana, que seas un grosero, que me insultes o que te comportes como un maleducado.” Valido tu emoción, el enfado. Te entiendo y te comprendo. Pero no acepto ni tolero la agresión en ninguna de sus formas.
  9. Respeta sus silencios, no le atosigues. Respeta su intimidad también: llama a la puerta antes de entrar.
  10. Y por encima de todo dile lo orgulloso que estás de él o de ella… “Qué orgullosa estoy de ti, mi amor. Qué bonito lo que me das. Te quiero hasta doler” le dije a mi hijo hace unas semanas a pie de su cama tras una conversación de las que yo llamo “inspiradoras”. Se sonrojó, me abrazó y me contestó: “Yo mucho más, mamá”.

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