La adolescencia es un periodo del desarrollo humano que conlleva muchos cambios fisiológicos, conductuales y cognitivos. Supone un contexto nuevo y el comienzo de la autonomía personal. La agresividad en la adolescencia empieza a cobrar un papel importante en el espacio del adolescente, sobre todo, cuando ésta no se regula adecuadamente.

Una agresividad en la adolescencia no regulada generará seguramente problemas en las relaciones. Es más, sabe que la agresividad está relacionada con el abuso de sustancias, con la desorganización de la conducta motriz, con la agresión física e incluso con problemas médicos a causa del estrés.  (véase: El manejo de la agresividad de Howard Kassinove).

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En la mayor parte de los casos, las mejillas rojas del bebé son un problema inofensivo, y mejora en pocos días.
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¿Qué es la agresividad?

La agresividad es una conducta (que implica ciertas emociones) que podemos efectuar todas y todos, independientemente de la edad, sexo o raza, ya que naturalmente cumple una función (por ejemplo, protegernos de un estímulo potencialmente peligroso o defendernos ante un ataque). Por lo cual, la agresividad, ni es “mala”, ni es “buena”, nos ayuda a conseguir algo. Pero entonces, ¿cuándo se vuelve un problema la agresividad? La agresividad se convierte en una conducta problemática cuando aparece en un contexto inadecuado y/o cuando su intensidad, frecuencia y/o duración provocan consecuencias negativas para esa persona o para su entorno.

Según Anderson y Bushman (2001) “la agresión humana es cualquier conducta dirigida hacia otra persona que se lleva a cabo con la intención (inmediata) de causar daño”. Es por esto que cualquier daño accidental no debe ser considerado como agresivo, ya que para que podamos definir una conducta como agresiva es necesario que exista la motivación específica de hacer daño.

No todas las agresiones son del mismo tipo ni tienen las mismas características referidas a la motivación. Existen distintas distinciones de la agresividad a nivel teórico; por un lado nos encontramos con la agresión hostil, también llamada afectiva o reactiva, que se refiere a una agresión impulsiva, que no ha sido planificada, cuyo motivo es dañar a la otra persona implicada y que surge tras algún tipo de provocación. Y por otro lado, en su nivel opuesto, nos encontramos con la agresión instrumental. Se trata de una agresión planificada, en forma de premeditación a fin obtener algún tipo de objetivo de la persona implicada o a través de ella. Por lo tanto, nos encontramos con diferentes tipos de agresividad, aquella que surge en forma de impulso reaccionante de un contexto determinado y aquella que es premeditada y pretende agredir a la persona que se interpone en una meta o fin (por ejemplo, una adolescente sufre bullying porque saca mejores notas que la agresora).

Agresividad en la adolescencia, ¿a qué es debido?

No podemos olvidarnos de que existe una agresividad en la adolescencia autodirigida muy presente en este periodo, la violencia autoinflingida. Es aquella violencia que se genera hacia uno mismo o misma  (corte, golpes, provocarse el vómito, intentos de suicidio, etc.) Como vemos, la agresividad es una conducta muy importante de atender a estas edades. 

La adolescencia es un periodo difícil. Estamos creciendo y consiguiendo cada vez más independencia y autonomía, empezamos a pasar más tiempo con nuestros iguales, la idealización de nuestros padres/madres se rompe, empezamos a construir nuestra identidad, a tener nuestras primeras relaciones, a adquirir mayores responsabilidades, todo esto y mucho más (haciendo mención especial al mejunje fisiológico que emerge en esa edad con todos los cambios físicos que supone). Gestionar emociones como la rabia, el enfado, la frustración o la impotencia en el contexto adolescente parece entonces bastante complicado.

Guía gratuita
Emociones y aprendizaje
Importancia de las emociones en el aprendizaje

En esta guía encontrarás un decálogo para la adecuada gestión de las emociones por parte de los padres. Además conocerás todas las emociones para saber actuar en casa caso y la importancia del aprendizaje de las emociones para su día a día.

Hablemos entonces de la importancia de la regulación emocional. Aunque su definición en el ámbito científico todavía es tema de discusión, la regulación emocional conforma una de las partes de la inteligencia emocional; es aquella que se encarga de la gestión de nuestras emociones o de las de otra persona. Es la habilidad para cambiar la intensidad, la frecuencia, la duración o la experiencia de la propia emoción, como también la capacidad de elegir el contexto de expresión de la emoción y la forma. Gestionar emociones es una habilidad que tenemos y además aprendemos, pero no significa que por tenerla sepamos cómo hacer uso de ella de manera útil. Por ejemplo, una adolescente acaba de tener una discusión con sus padres y gestiona ese enfado pegando una patada a la puerta (lo que provoca una reacción también agresiva de sus padres). Seguramente, pegar una patada a la puerta sirva para descargar la tensión acumulada y parar la discusión pero ¿ha sido útil?.

Algunas claves para gestionar la agresividad en la adolescencia

  • Como padres y madres debemos ser conscientes de que nuestros niños nos toman como espejo y acaban siendo el reflejo de cómo nos comportamos. Normalmente somos los primeros educadores a nivel de gestión emocional (y a otros muchos niveles). Es fundamental observarnos a nosotros y nosotras mismas y preguntarnos qué estamos haciendo mal y si podemos hacerlo mejor. Recuerda que acudir a un profesional para gestionar esta situación individual y familiar puede ser una buena opción.
  • La comunicación fluida y adecuada es la base para entender la visión de la otra persona. Hay que estar abiertas y abiertos a escuchar a los y las adolescentes, aunque sus problemas no nos parezcan de gran magnitud no significan que ellos y ellas no sufran.
  • Es fundamental validar cómo se está sintiendo, sobre todo en momentos de enfado. Para un/a adolescente seguramente sea difícil gestionar sus emociones que además pueden ser percibidas con una alta intensidad, si no le doy importancia a lo que están sintiendo, el enfado incrementará y la sensación de impotencia con ella. Recuerda que validar no significa dar la razón, significa entender que bajo una circunstancia una persona se comporte, siente y piense de una manera determinada.
  • Aunque queremos ponerle fin a los problemas de nuestros adolescentes lo antes posible, si preguntamos si quieren un consejo o ayuda antes, estaremos evitando conflictos. Muchas veces lo que se necesita no son soluciones, si no un abrazo o unas palabras de entendimiento.
  • Procurar un ambiente sano en casa, ligero de presiones y exigencias muy elevadas. También es muy importante ofrecer oportunidades de autocuidado a nuestros adolescentes: invitar a nuestro hija o hijo a que se apunte a algún deporte o algo que le guste, a que acuda a terapia si está sintiendo que no sabe cómo gestionar su contexto, etc.
  • Recordarle lo que hace bien. Son muchas las ocasiones en las que solo mencionamos lo que no funciona y hay muchas cosas que sí que funcionan en nuestro hijo o hija y que hace bien constantemente. Esto aumentará las emociones agradables y la confianza.