Como influye el ritmo de vida

Las prisas nunca son buenas, es algo que decimos mucho pero que practicamos poco. Las familias, en general, llevamos un ritmo de vida acelerado, empezando por las jornadas frenéticas de los padres que se acaban transmitiendo a los hijos.

Ritmo de vida

La vida acelerada no puede derivar más que en el conocido estrés, pero ¿cómo afecta este ritmo de vida a los más pequeños?

El estrés en la infancia

Desde la vida intrauterina el bebé puede sentir el estrés que su mamá está viviendo, con repercusiones para su salud emocional y su estructura cerebral, como afirman algunos estudios. De ahí que cuidar la salud emocional de la madre gestante sea por un bien mayor.

Al nacer tampoco parece que las cosas mejoren para algunas familias, donde se impone el trabajo de madres autónomas o la angustia de pensar en una reincorporación demasiado temprana.

Los niños crecen y viven muy deprisa, sin casi oportunidad para la disfrutar de una infancia a fuego lento que nunca volverá. Alguien se pregunta ¿qué recuerdo tendrán de su infancia?

La causa principal de esta situación es la incompatibilidad de la vida laboral de los padres con la escolar o vital de sus hijos. La famosa y utópica conciliación.

Los celos entre hermanos son una reacción normal ante un cambio en el sistema familiar.

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Cómo influye el ritmo de vida de los padres a los niños

Vivimos en una sociedad frenética en cambios, retos, actualizaciones, reinvenciones y exigencias. La tecnología nos ha ayudado en muchos aspectos, pero, en otros, nos ha hecho ser todavía más esclavos: WhatsApp, emails y comentarios en redes sociales que deben ser contestados de inmediato, para no perder el ritmo, ni a ese cliente potencial, en fines de semana y horas intempestivas… a costa de perdernos el estar con nuestros hijos sin pensar en nada más. Este estrés tecnológico y de la conectividad permanente nos está quitando el poco tiempo que llamábamos “de calidad” después de las largas jornadas fuera de casa. Estamos tan hiperconectados con los otros que perdemos la conexión con nuestros hijos.

Los padres tenemos un ritmo de vida con muchas prisas, y se la exigimos a los niños. Queremos, cuando son pequeños, que todo vaya rápido: dormir del tirón, comer sin incidencias, control de esfínteres, caminar, control de sus emociones, la adaptación escolar… no nos damos el tiempo para disfrutar de los tempos intrínsecos de cada niño y de degustar sus logros cuando esté preparado para ello. Acompañar una vida que está empezando debería verse como un privilegio, nunca volverán los dos ni los cinco… pero esos años serán clave para su desarrollo como adulto.

Los padres estresados crían a sus hijos con el mismo nivel de estrés.

Otro ejemplo serían las horas de las comidas. Si vivimos estresados no podemos dar el tiempo necesario para desayunar, comer o cenar, provocando unos momentos tensos que para nada nos ayudan a hacer una buena digestión de los alimentos y a cultivar la parte social que lleva implícita la comida en familia.

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La exigencia

Cuando los niños son más mayores y van a la escuela queremos que sean excelentes en todo, líderes, brillantes oradores y los obligamos a cumplir con una apretada agenda de actividades extraescolares que pretenden, por un lado, potenciar sus talentos e intereses (solo en los casos en los que los niños son preguntados y ellos pueden escoger) y llenar el tiempo necesario para compatibilizar su vida escolar a nuestra vida laboral.

El estrés infantil suele debutar durante la vida escolar, como una respuesta del organismo antes tanta demanda que no puede satisfacer. La vida no se adapta a los niños, sino que los niños se tienen que adaptar a una vida que no les corresponde, a un nivel de exigencia, intensidad y desgaste que perturba su equilibrio y su propia naturaleza. Los que no lo logran sufren estrés y mucha infelicidad de no cumplir con las expectativas de sus padres.

Quizás el objetivo es educar niños felices y no niños perfectos, siendo esta la clave de una vida exitosa como adultos.

¿Cómo se manifiesta el estrés en la infancia?

En preescolares los síntomas más frecuentes son:

  • Irritabilidad.
  • Trastornos del sueño.
  • Llanto frecuente y poca contención emocional.
  • Apego inseguro.
  • Retraso en la adquisición de los hitos del desarrollo, sobre todo, el desarrollo del lenguaje.
  • Conductas regresivas como hacerse pipí en la cama cuando ya era continente.
  • Aparición de miedos o fobias.

En niños más mayores podemos encontrar:

  • Irritabilidad y agresividad.
  • Bajo rendimiento escolar.
  • Desmotivación.
  • Astenia y cansancio sin motivo aparente.
  • Somatización en forma de molestias físicas.
  • Baja capacidad de concentración.
  • Pesadillas y otros trastornos del sueño.
  • Trastornos alimentarios.

¿Cómo podemos mitigar este estrés?

  1. Reflexionar sobre lo que queremos y lo que tenemos. Ser padres es un punto de inflexión en nuestra vida y el trabajo más importante.
  2. Bajar el ritmo de vida y adaptarnos a los tiempos que necesitan los más pequeños es vital en los primeros años de vida. Es una buena inversión en salud física y emocional de nuestros hijos a corto y a largo plazo.
  3. Cultivar la paciencia, la calma y la capacidad reflexiva es la mejor enseñanza para tus hijos, recuerda que tú eres su mayor influencer.
  4. Mantener una actitud dialogante en casa y una escucha activa de lo que necesitan los niños puede anticiparnos al problema y gestionar pequeños cambios de rutinas para minimizar el estrés.
  5. Dejar al niño escoger el ritmo de vida que quiere llevar, las extraescolares que quiere o no quiere hacer, así como sus preferencias en el tiempo de ocio pueden ser clave para la felicidad del pequeño.

Jugar, el mejor método para aprender

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