El lenguaje de la depresión

La depresión es una enfermedad mental que deforma casi todo en la vida. El comportamiento se modifica, las motivaciones decaen, los pensamientos se oscurecen y el lenguaje cambia.

El lenguaje de la depresión

Las personas que sufren depresión experimentan síntomas que, llevados al extremo, pueden resultar completamente invalidantes: irritabilidad, sensación de vacío, desesperanza, fatiga, dificultad para conciliar el sueño, sentimientos de inutilidad, etc. Pero lejos de reaccionar a ellos, en infinitud de ocasiones, las personas terminan normalizándolos, asumiendo su presencia e integrándolos como una parte más de su ser. Ejemplo de ello son artistas como Kurt Cobain o Amy Winehouse, que despuntaban por la tristeza que inundaba las letras de sus canciones, o la poetisa Sylvia Plath, que transmitía desesperanza en sus creaciones. Desenlaces tristes y desesperados que se intuían, que se veían venir, y que, quizás, se podrían haber evitado si su lenguaje se hubiera interpretado como un grito de ayuda, en lugar de como un signo de genialidad invocada por el trastorno mental.

El lenguaje de la depresión forma parte de nuestra cultura, es el espejo de un convulso mundo interior y tiene patrones muy llamativos que podemos aprender a reconocer.

El lenguaje de la depresión, ¿cómo reconocerlo?

Las personas que sufren depresión

  • Utilizan en exceso palabras que trasmiten emociones negativas, sobre todo adjetivos y adverbios negativos, como “solitario”, “triste” o “miserable”, y construyen frases en las que el miedo lo invade todo. Los sentimientos de angustia, apatía y desesperanza que acompañan a la depresión impregnan las palabras que eligen los sufrientes, tiñendo el discurso de un tono oscuro, pesimista y trágico.
  • Emplean casi exclusivamente pronombres en primera persona del singular, mediante formulas como “yo” y “yo mismo”, y evitan llamativamente la segunda y tercera persona “ellos” o “ellas”. El mundo de la mente depresiva es un territorio de sufrimiento minúsculo en donde solo hay espacio para el “yo”. Este patrón comunicativo indica que las personas con depresión están más centradas en sí mismas y menos conectadas con los demás, llegando a parecer egoístas por la falta de interés e implicación en la vida de las personas que los rodean, y aumentando de esta forma una de las características principales de esta enfermedad mental, el asilamiento social y la introversión. Las personas que sufren depresión tienen dificultades para ver perspectivas ajenas, les cuesta relativizar, empatizar con el resto y abrirse a otros mundos y corrientes más optimistas.
  • Hablan en términos absolutos, como “siempre”, “nunca”, “nada,” o “todo” y utilizan expresiones absolutistas del tipo “esto no tiene solución”, “no hay esperanza”, “yo siempre estoy solo” o “nadie puede entenderme”. Las personas que padecen depresión tienen una visión del mundo en blanco o negro, sin escala de grises, sin matices intermedios, lo que puede provocar que socialmente se les ponga la etiqueta de personas radicales, extremistas, difíciles, inflexibles y testarudas.
  • Siempre conversan sobre los mismos temas, repiten diálogos, caen constantemente en las mismas ideas negativas y expresan las mismas dudas. La rumiación es uno de los hábitos característicos de la depresión. Dan vueltas una y otra vez a los mismos problemas en un ciclo imparable de pensamientos obsesivos que no llevan a ninguna solución, como el agua estancada, que nunca se renueva y acaba por enfermar.
  • Se expresan más lento, arrastran las palabras y hacen pausan más largas. La lentitud psicomotriz es uno de los síntomas de la depresión e indudablemente esto también afecta al habla.

Es evidente que existe una relación directa entre la depresión y el lenguaje, pero todavía no se sabe si ¿Es la depresión la que hace que las personas se concentren exclusivamente en sí mismas o las personas que se enfocan en sí mismas tienen síntomas de depresión? Lo cierto es, que el lenguaje es un signo que puede jugar un rol importante en el desarrollo de un episodio depresivo, y que aprendamos, por tanto, a identificarlo, nos puede ayudar a responder mejor y a prevenir con mayor acierto una enfermedad que cada día tiene mayor incidencia en nuestra sociedad.

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