Cómo mejorar nuestra relación con la comida

Cada día nos enfrentamos al acto de comer, durante varias veces y en circunstancias muy variopintas: solos, acompañados, en familia, en el restaurante, en la cocina del trabajo, en el parque, etc.

Relación con la comida

Pocas veces nos paramos a pensar y a reflexionar sobre cómo es nuestra relación con la comida: si es estable, saludable y equilibrada o, por el contrario, es disfuncional, alterada o problemática. Hoy traemos cinco tips esenciales para que podamos profundizar un poco más en cómo nos alimentamos y en nuestra relación con la comida.

5 tips para construir una sana relación con la comida

Alimentarte con los cinco sentidos

¡Sí, has oído bien, con los cinco sentidos! Y es que a la hora de comer es frecuente pensar que sólo interviene nuestro sentido del gusto y esto es una creencia errónea. Nuestro paladar es determinante, pero también lo son el resto de los sentidos que intervienen en el acto de comer: ese sonido característico de ciertos alimentos al morderlos, o ese aroma tan peculiar que nos regalan cientos de alimentos y preparaciones culinarias, o ese color tan vistoso que poseen y que nos nutre la vista cuando los vemos o el tacto cuando los palpamos con las yemas de los dedos o se deshacen en nuestro paladar. En nuestra cultura europea no es tan habitual como en la cultura asiática el comer conscientemente poniendo todos nuestros sentidos y sin distracciones, con una atención plena en el acto de comer. Pero, sin duda, si lo ponemos en práctica, la experiencia resulta mucho más enriquecedora.

Disfrutar de la comida

A la pregunta: “Y tú, ¿para qué comes?”, ¿qué responderías? La función de alimentarnos en nuestras vidas tiene una misión evidente: nutrirnos para así cubrir todas nuestras necesidades nutricionales y garantizar un buen estado de salud. Pero no debemos olvidar que no es una función única. La comida nos da placer, nos proporciona gozo y disfrute y esto resulta esencial para que nos nutra en todos los tipos de hambre que tenemos (no solamente la física sino también nuestra hambre de corazón). Por tanto, dar espacio a la comida para disfrutarla y, en definitiva, para cubrir su función de disfrute es una garantía de éxito para tener una buena relación con la comida. Y si además le reconocemos la función social, mucho mejor: esa cena con nuestros amigos más íntimos no se disfruta igual si no fuera con ellos.

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Respetar lo que me apetece

Si la parte más racional de tu cerebro te manda un mensaje de que debes merendar a media tarde tentempiés siempre saludables a base de frutas frescas, lácteos, etc. pero una tarde sientes otra vocecita dentro de ti que te dice: “ahora me comería un pastelito procesado de donut de chocolate” por la sencilla razón de que te apetece ese alimento; ¿a quién hacemos caso? Pues bien, no hay fórmulas secretas, pero sí es muy importante respetar también que aquellos días que nos apetecen alimentos menos saludables también existen y no pasa nada si decidimos tomar ese donut o ese croissant o ese helado que tanto nos apetece en ese momento. El hecho de poder decirnos “no pasa nada” y comer alimentos menos saludables, entre otros motivos, porque somos humanos y no somos perfectos, nos va a permitir que podamos prevenir el sentimiento de culpabilidad y todos aquellos estados más desagradables que podemos experimentar cuando no hacemos lo que debemos.

¿Hay culpa? No gracias, mejor responsabilidad

La culpa es una emoción que se esconde tras ingerir ciertos alimentos que podemos considerar como desaconsejados o incluso prohibidos. Pero en la mayoría de los casos, cuando ingerimos ese pastel tentador y prohibido a la vez, si sentimos la amenaza de la culpa, ésta nos va a conducir a un estado de gran malestar, dejándonos atrapados y con una sensación de ahogo que nos va a acompañar en nuestra mochila emocional como una gran piedra en el camino. En este tipo de situaciones, conviene ser consciente de que si la culpa aparece, es preferible transformar este grito de auxilio en responsabilidad, es decir, en analizar tus propios actos frente a la comida y tus propios pensamientos frente a ciertos alimentos. De esta forma podremos aprovechar la culpa como una oportunidad de actuar diferente o adaptarnos de forma distinta frente a situaciones similares.

Comer como un acto de autocuidado

Nuestras elecciones alimentarias están condicionadas por múltiples factores: nuestra propia educación, el conocimiento que nos rodea, la publicidad, la industria, los gustos y preferencias personales, la cultura, los recursos, etc. Y más allá de eso, a la hora de escoger, planificar, preparar, elaborar y, por último, comer los alimentos debemos tener presente que todos estos pasos los hacemos desde la necesidad de cuidarnos a nosotros mismos, de mimarnos, de dedicarnos lo mejor que creemos para nosotros.

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