Discusión de pareja: ¿qué hacer?

De forma más o menos generalizada, las discusiones nunca son agradables, puesto que normalmente llevan a enfrentar puntos de vistas diferentes sobre un mismo tema. Sin embargo, discutir de una forma constructiva permite hallar una fuente de soluciones y acuerdos en lugar de acentuar los problemas o amplificar malentendidos.

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Tras una buena discusión de pareja, la nueva situación creada debería ser mejor respecto al punto de partida inicial, viéndose reforzada la vinculación y la confianza con la otra persona. Además, mediante una discusión productiva se producen mayores posibilidades de expresarse libremente a la vez que se superan malentendidos de cara a un mayor conocimiento mutuo e intrínseco de ambos miembros.

Las dificultades para gestionar una discusión aparecen con mayor frecuencia ante personas de confianza, como la pareja, familiares o determinadas amistades y también con ellas es más probable caer en reproches o descalificaciones. Por contrapartida, en otros contextos más formales, como el laboral, la mayoría de personas son capaces de defender el propio punto de vista de una forma más moderada.

Discutir de una forma constructiva permite hallar una fuente de soluciones  en lugar de acentuar los problemas.

En muy pocas ocasiones las personas discuten para entender el punto de vista del otro y acercar posiciones. Por ello, uno de los principales problemas al discutir, por ejemplo, en el seno de la pareja, aparece cuando los miembros no se centran tanto en el contenido de la discusión sino en la lucha de poder que hay implícita detrás; es decir, en el quién vence a quién, quién tiene mejores argumentos para derrotar al adversario o quién conoce mejor los puntos débiles del otro. Por este motivo, la intensidad y el carácter de este tipo de discusiones hacen que puedan  abrirse heridas difíciles de cicatrizar.

Pero, ¿cómo se debe proceder para que una discusión sea productiva?

  • Expresando de forma asertiva la propia opinión y posicionamiento, tratando de ser claro y breve. Hablar siempre de ideas o actos, sin descalificar a la persona que los muestra.
  • Durante el transcurso de la discusión, se debe mostrar cierta flexibilidad, sin acogerse a ideas preconcebidas e inamovibles y dejando que fluya y evolucione el diálogo.
  • Escuchando atentamente, con apertura y respeto la opinión de la otra persona, sin interrumpir, burlarse, despreciar o ironizar. Por este motivo, es importante tratar de ser empático, poniéndose en el lugar del otro e intentando comprender sus motivos.
  • Ante la duda, es aconsejable pedir aclaraciones sobre aquello que la otra persona siente y sus motivaciones o intereses, en lugar de interpretarlo libremente.
  • Es recomendable centrar la atención en estudiar el problema y en buscar soluciones, no en querer tener la razón a toda costa o en demostrarle al otro que está equivocado.
  • Acomodando a la otra persona; es decir, reconocer las cosas que hace bien o los puntos en los que existe acuerdo, en lugar de centrarse únicamente en los errores o los puntos de desencuentro.
  • Focalizarse en el problema actual, sin recurrir a temas del pasado.
  • No juzgando, hiriendo o agrediendo al otro, utilizando sus puntos débiles para tratar de vencerle o ponerle en evidencia. Por ello, si uno se da cuenta de haber dicho algo injusto, es importante saber retirarlo y disculparse.
  • Manteniendo durante todo el tiempo de la discusión un tono de voz y un volumen moderado, sin elevarlo. Por este motivo, si se percibe un excesivo apasionamiento o si uno detecta que está descargando tensiones o frustraciones propias sobre la otra persona, es recomendable marcar un “tiempo muerto” y retomar la discusión en otro momento. 

 

Elena Mató - Especialista en Psicología Clínica - Psicóloga consultora de Advance Medical